21.6.10

Soy el loco que te quiere.

Ella estaba con otro. Colgó el teléfono cuando escuchó una voz masculina y tuvo la certeza de que ella estaba con otro. Vas a saber lo que es un hombre, dijo poniéndose de pie en medio de la oscuridad de su casa. Dio un paso apoyado en la mesa y al dar el segundo casi se desploma hacia el piso.
Había estado bebiendo desde el atardecer, primero reproduciendo música y después acompañado sólo por los ruidos  que provenían de su mente: ¿cómo fui tan pendejo?, ¿por qué se me ocurrió contarle? Aquellas frases se repitieron hasta el momento en que tuvo el valor de soltar su vaso con Buchanans y llamarle para implorarle perdón por milésima vez. Fue un error.
Ahora estaba decidido a mostrarle que él era un hombre, uno verdadero, es decir, a demostrarle que él era su hombre. 
Con mucha dificultad avanzó hacia el cuarto, calzó sus botas y de un cajón sacó la nueve milímetros, su arma favorita. Volvió a pensar en Angélica. ¿Por qué la quería tanto si jamás le habían faltado mujeres? No era ella la más guapa entre sus amantes, tampoco la más adinerada. ¿Entonces por qué la quería más que a todas? Colocó la pistola en su pantalón, regresó al comedor y llevó con él la botella de whisky. Sólo necesitaba hallar las llaves de su camioneta. Con la memoria que se cargaba, y además la peda que traía.
Eso me gano por sincero, pensó. Seguramente el hombre con quien ella estaba era también un mujeriego, pero más discreto. Seguramente ése tampoco podría dejar de volver la mirada hacia otras mujeres. Seguramente era igual a todos, sólo que a diferencia de él mismo, ése no tendría los arrebatos para confezárselo.
O quizá no. Quizá ése era un hombre de los que ella merece. No como él: feo, mujeriego y ahora borracho.
Escuchó un fuerte sonido de claxon zumbar casi en su oido y abrió los ojos. De alguna forma estaba ya manejando rumbo a la casa de Angélica. En una mano sostenía el volante y en la otra la botella de licor. Olía a perfume. Ni siquiera recordaba haberse rociado con él. ¿En tan mal estado andaba?
Sin embargo estaba decidido a demostrarle lo que era un hombre de verdad: valiente, decidido, capaz de probar su amor de una forma radical.
El camino estaba despejado. Supuso que pasarían ya las dos de la madrugada. Volteó un segundo al cielo y recordó todas las veces que vió ese mismo cielo estrellado en compañía de Angélica. Con ningúna otra mujer le había resultado bello, ni siquiera interesante.
¿Por qué se le ocurrió confezarle que había estado con otra? Seguramente por idiota. Más que paz en su alma, aquello sólo provocó la ira de Angélica. Su ira y su desprecio. Ahora tendría que lidiar con ello.
Finalmente llegó. Detuvo la camioneta frente a la puerta de Angélica y creyó ver que en el segundo piso álguien asomaba por la ventana. La última vez que estuvo ahí fue hace unos cuatro meses, ¿o serían cinco? En fin, había sido el día en que ella lo cortó. ¿Y por qué hasta ahora sentía el corazón partírsele en dos? ¿Tan solo porque se había entearo que ella tenía otro hombre? Qué pendejo fui, mucitó.
Gritó muchas veces el nombre de ella, hasta que las luces del jardín se encendieron. Álguien abrió la puerta, y una silueta de mujer apareció frente a él. ¿Qué haces aquí? Preguntaron con enfado. Te extraño un chingo, Angélica; todavía te quiero. Ya vete, Rubén, por favor. Una mano apareció en el hombro de Angélica y después un hombre atravezó el marco de la puerta. ¿Es el tal Rubén?
Él apretó la mandíbula. Sintió las entrañas hervir y un flujo corrosivo fluir por su garganta. Ahora iba a saber ella cuánto la quería.
Déjalo hablar, Angélica, míralo cómo está, dijo el hombre, bastante tiene consigo mismo como para que lo desprecies más. No, que se vaya, él y yo nada tenemos que hablar.
Llevó su mano a la cintura y con fuerza sujetó su nueve milímetros. Le voy a demostrar cuánto la quiero. Va a saber de lo que soy capaz. Puso el índice en el gatillo y desenfundó con rapidez. Tambaleante, alzó su brazo al cielo. Fue mi culpa que me dejaras, Angélica, gritó angustiado y ella se refugió dentro de la casa. El otro hombre se mantuvo firme bajo el marco de la puerta, casi retándolo. Las preguntas en su cabeza no dejaron de sonar: ¿por qué le había contado?
De pronto supo la respuesta: se lo había contado porque sabía que ella era la indicada, no la más bella ni la más adinerada, sino simplenmente la indicada. Su mujer, a la que jamás pudo demostrar cuánto la quería y que ahora, con un simple acto, le dejaría el camino libre para hacer si vida sin ese feo estorbo llamado Rubén.
Flexionó su brazo en el aire hasta colocar el cañón en su sien. Aspiró fuerte, y supo que así le demostraría lo que era un hombre y lo mucho que la quiso. Enseguida derramó una lágrima, alcanzó a escuchar una súplica de mujer, y después de beber por última vez de la botella, simplemente jaló el gatillo.

2 comentarios:

mi eterna musa acorralada por la vida dijo...

Lo escribiste vos???? Muchas gracias por tu comentario!!! =)

Geraldine dijo...

sí, Raquel :)

qué intenso. Me acordé de cómo, por qué y cuándo terminé con miguelon :( yo lo extraño y ya no hablamos, pero varias veces las últimas que hablamos me dijo "es que yo se que eres tú".. hasta que terminamos de alejarnos.

Me gustó :)

cómo ves el mundial? recuerdo que eres fanático.. o te confundo?

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